Mamá, quiero ser una Mala Feminista

¿Por qué alguien querría ser una mala feminista? Si ya de por sí es bastante arriesgado proclamarse públicamente como feminista “sin apellido”, hay que estar muy loca del coño – como yo – para decir que se es mala feminista.

Yo soy mala feminista porque he leído a Roxane Gay y a Carmen García de la Cueva.

Al contrario que Carmen García de la Cueva en su texto Mamá, quiero ser feminista (2016), yo siempre he querido ser madre. Me siento realizada maternando y estoy muy a gusto con el rol de cuidadora. ¿Qué pensaría de esto mi adorada Simone de Beauvoir? ¿Qué piensan algunas feministas de mi cuando digo que  “yo sería feliz siendo ama de casa”? Como dice Alicia Murillo en tono irónico – por supuesto – “flaco favor le hago yo al feminismo – con estas declaraciones. Tranquilas, pronto se me acabará la baja maternal y todo volverá a la normalidad, productiva, proactiva, profesional, pro, pro, pro…

Como dice Roxane Gay en su texto Mala Feminista (2016) a mí también me gusta el rosa y el rap. Leí a Roxane Gay hace unos meses, estando embarazada. Tenía el libro en mi biblioteca particular desde que salió la edición en castellano, pero no fue hasta quedarme embarazada en 2017 cuando vencí a la pereza de abrir sus páginas. El concepto me encantaba, pero había que estar preparada para integrarse con el gran contenido cultural que aporta la obra.

Soy una Mala Feminista porque estoy llena de contradicciones.

Como iba diciendo, me gusta el rap. Me gusta el rap desde finales de los 90. Conozco muy bien el panorama del Hip Hop nacional y algo de internacional. Si soy sincera, cada vez estoy menos puesta en este tema, aunque he tenido momentos muy locos en este mundillo y alguna vez voy a contaros sobre el rap con mirada feminista, porque tengo para contar largo y tendido. Crecí escuchando a la Mala Rodríguez y a Arianna Puello, las emperatrices del rap nacional por excelencia, que en aquella época empezaban a sonar en El Rimadero y poco más; pero a mí quienes realmente me gustaban eran los onvres, los maestros de ceremonia (MCs) y no las Femcees. Sus voces no sonaban tan bien, su mensaje no me llegaba igual. Actualmente se me siguen poniendo los vellos de punta escuchando los viejos grupos de los 90, a pesar de los pesares, que son muchos.

Y también me gusta el color rosa y no puedo evitarlo. Mi madre no es fan en absoluto de este color, por lo que se pasó toda mi infancia evitando su presencia en nuestras vidas. Mi ropa no era rosa, mi material escolar tampoco era rosa, ni las paredes de mi habitación eran de color rosa. Será el gusto irremediable por lo prohibido que caracteriza a nuestra torpe especie, que desarrollé un gusto nivel 5 o 6 por este color tan feminizado. Tampoco quiero que se exagere, no soy la hermana pequeña de Espinete, simplemente de vez en cuando me pongo un pijama de Hello Kitti y cosas así. Y hasta que no empiezas a transitar el tema maternidad no te das cuenta de la importancia que tiene pensar en serio sobre el color rosa. Ya lo habíamos reflexionado y dinamizado una y otra vez en las decenas de talleres de coeducación que he impartido, pero esta vez es diferente, porque se trata de mi hijo, mi familia, mi entorno y nuestros patriarcados internos. Y así es como le planté nada más nacer a mi hijo un pijama rosa precioso,  decantándome por no tener una vida neutra.

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Y esta maternidad se sitúa frente a mí como un espejo tembloroso y aparece la culpa con decenas de dilemas: “¿estaré haciéndolo bien?”, “no llego a todo, no me da la vida”, “no quiero repetir los errores de mi madre”, “¿estoy aplicando bien el temario de coeducación?”, “¿estoy siendo un ejemplo-ejemplar para mi hijo y para toda la sociedad”? Y lo peor de todo, ¡no quieres cometer ni un sólo error!, pero los cometes, uno detrás de otro. Soy un mar de hormonas post-party (como he decidido llamar a mi post parto) y un mar de contradicciones feministas, como lo que me dijo mi matrona hace poco: “si tenías tantas ganas de ser madre, ¿por qué no le estás dando el pecho?”.

Qué mala madre y qué mala feminista.

Y, para colmo, aún no me ha llegado la menstruación, con lo que me gusta a mí menstruar.

26 enero, 2018

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